Tener razón antes que los demás
Y aun así callar.
En cualquier Mundial pasa siempre lo mismo.
Hay una alineación que no funciona, y todo el país lo ha visto durante los noventa minutos del primer partido. El seleccionador no lo ha visto todavía. O lo ha visto, pero no se permite verlo. Entonces, dentro de su propio cuerpo técnico, hay alguien que ya tiene clarísima la conclusión.
Y se calla.
No se calla por cobardía. Se calla porque el coste social de decirlo en voz alta, ahí, en ese vestuario, es enorme. Romper la línea de su jefe. Parecer desleal. Quedar como que sabe más que el que decide. Cualquiera de esas tres cosas, en un cuerpo técnico, te aparta.
Y el partido siguiente vuelve a perderse.
Yo, este patrón me lo encuentro dentro de los comités de dirección.
Hay un texto del Daily Stoic de hace unas semanas. Habla de los tiempos previos al asesinato de César. “Mucha gente sabía”. Sabían lo que se tramaba. Conocían las señales. Y, sin embargo, en el momento decisivo, casi todos miraron a otro lado.
La historia no recuerda a los que se callaron. Recuerda a tres nombres. Catón. Trasea. Helvidio. Tres romanos que vieron antes y nombraron antes. No por valientes, sino porque entendieron una cosa: que cuando todo el mundo se calla, callarte te convierte en cómplice del silencio.
Ese mismo dilema se repite en tu comité esta semana.
Casi siempre, en cualquier comité, hay alguien que ya sabe lo que va a pasar dentro de seis meses. Lo ve antes. Conecta los puntos antes. A veces eres tú. A veces es alguien sentado a tu izquierda. A veces es una persona dos niveles por debajo, que no está en tu comité pero a la que de vez en cuando alguien escucha.
Esa persona vive una soledad muy concreta.
No es la soledad del rol que ya hemos hablado en otros correos. Es otra. Es la soledad del que está en un reloj distinto al del resto. Te ves diciendo, en marzo, algo que el resto del comité estará dispuesto a aceptar como evidente en septiembre. Lo vas a decir solo dos veces. Y, las dos veces, te van a mirar como si exageraras.
Por eso, normalmente, lo dices una vez. Y luego te callas.
La diferencia entre el ejecutivo del mes y el ejecutivo de la década no es la cantidad de aciertos. Es cuánto tiempo tarda, después de saber, en poner lo que sabe sobre la mesa.
Algunos no tardan nada y se queman pronto. Pierden la sala por insistir sin oficio, sin sostener el coste social, sin cuidar el vínculo. Eso no es valentía. Es ansiedad, y falta de pericia.
Otros tardan mucho. Demasiado. Cuando lo dicen, ya hay daño hecho que se podría haber evitado. Esos tampoco son los ejecutivos de la década. Son los que se quedan rumiando «yo ya lo sabía» mientras se va el director financiero, se cae el plan o se rompe el comité.
El oficio está en el intermedio. Decirlo cuando todavía importa. Decirlo cuidando el vínculo, no a costa de él. Decirlo, aunque no haya consenso. Decirlo sabiendo que el coste social, esa vez, te toca pagarlo a ti.
Por eso esto que hago yo es trabajo de carácter, no de inteligencia.
La pregunta de esta semana, antes de que la última semana de este Mundial te regale múltiples excusas para no pensar en lo tuyo:
¿Qué sabes hoy de tu negocio que vas a tener que decir en seis meses, y que aún no estás diciendo?
¿A quién, exactamente, no quieres incomodar?
¿Y cuánto vale, en daño futuro, ese pequeño confort de hoy?
Cuídate, P.
P. D. Esta soledad de tiempo, la del que ve antes, es exactamente el tipo de conversación que suelo tener en Consilium. Noventa minutos, tu caso preparado, mi lectura por escrito en menos de 24 horas. Para cuando ya sabes lo que sabes y necesitas decidir cómo decirlo.
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