Soy un bufón
Quién tiene licencia para decirte la verdad sin pedirte permiso
La semana pasada terminé pidiéndote que pensaras en quién tiene licencia de bufón contigo.
Es una pregunta que parece sencilla y no lo es. Cuando alguien se sienta de verdad con ella, suele responderse de una de dos formas.
Una: no se me ocurre nadie.
Otra: sí tengo a alguien. Pero al describirlo en voz alta, me doy cuenta de que esa persona ya no me incomoda demasiado. Ha aprendido a decirme las cosas en la dosis que sabe que tolero.
Las dos respuestas dicen lo mismo, por caminos distintos.
Porque alrededor del poder pasa una cosa muy concreta.
Cuanto más alto subes en una organización, menos verdad llega a tu despacho.
No porque la gente te mienta. Porque, sin querer, todos a tu alrededor adaptan su discurso al tuyo.
Suavizan lo malo. Filtran los matices. Anticipan lo que creen que quieres oír. Evitan los temas que te incomodan. Esperan a que estés de buen humor para sacar lo difícil.
Y, poco a poco, te dejan en una burbuja muy bien hecha. Justo cuando más necesitas contacto con la realidad.
No es maldad. Tampoco es cobardía. Es que los sistemas que rodean al poder aprenden muy rápido qué se puede decir y qué conviene callar.
Por eso, históricamente, en la corte existía el bufón.
No el payaso. No el provocador. El bufón con licencia para decir lo que nadie más se atrevía a decir.
Manfred Kets de Vries, que lleva décadas trabajando con CEOs desde el INSEAD, recupera esta figura para nombrar algo muy actual: alrededor del poder hace falta alguien que tenga permiso para introducir verdad donde el sistema ya solo produce silencio educado.
En las organizaciones de hoy, ese papel no ha desaparecido. Se ha desplazado.
Buena parte de él ha caído sobre el coach del CEO.
No siempre. No en todos los casos. Pero cuando un proceso de coaching funciona de verdad, casi siempre es porque el coach está cumpliendo esa función.
No estoy hablando de aportar más teoría. Ni más metodología. Ni más herramientas. Hablo de algo más sencillo y mucho más raro:
Atreverse a decir «eso que estás contando no encaja». Atreverse a decir «aquí estás evitando algo». Atreverse a decir «estás confundiendo exigencia con liderazgo». Atreverse a decir «tu equipo no te está diciendo toda la verdad, y tú lo sabes». Atreverse a decir «quizá el problema no está donde tú lo estás mirando».
Crear, en definitiva, un espacio donde la verdad pueda volver a entrar sin romper la relación. Esto exige dos cosas que cuesta tener juntas.
Independencia: si el coach necesita agradar al cliente, pierde su licencia el primer día. Si valida lo que escucha por costumbre, refuerza exactamente aquello que debería cuestionar.
Y sensibilidad: el bufón organizacional no es un provocador profesional. No se trata de incomodar por incomodar. No se trata de construir una identidad alrededor de decir verdades. Eso, casi siempre, es más narcisismo que valentía.
La verdad ofrecida sin respeto ni cuidado se convierte en agresión. La verdad ofrecida sin vínculo no transforma nada.
El oficio está en decir lo difícil de una forma que pueda ser escuchada. Nombrar sin humillar. Confrontar sin invadir.
Por eso la figura es tan precisa. El bufón no compite con el rey. No quiere su trono. No amenaza su autoridad. Pero le recuerda lo que el trono tiende a hacerle olvidar: que sigue siendo humano, que puede equivocarse, que el silencio de los demás no significa acuerdo.
Y, sobre todo, le devuelve la fricción. Porque el poder tiende a reducir la fricción. Y sin fricción, el juicio se empobrece.
Empiezas a confundir obediencia con compromiso. Velocidad con claridad. Control con liderazgo. Resultados con salud del sistema.
En las organizaciones, muchas disfunciones sobreviven simplemente porque nadie las nombra. Todo el mundo las ve. Pero mientras no se formulen, el sistema sigue actuando como si no pasaran.
Un buen coach, en su mejor versión, interrumpe esa ficción.
La semana pasada te pregunté quién tiene licencia de bufón contigo en tu propia mesa.
Hoy te dejo con la otra parte de la pregunta.
¿Y fuera de tu mesa?
¿Quién, en tu vida profesional, tiene la independencia, el oficio y el vínculo suficientes como para decirte lo que tu propio sistema ya no se atreve a decir?
Si la respuesta es nadie, no es un detalle menor. Es el primer dato de tu burbuja.
Cuídate, P.
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