Quita la cuerda

¿Qué decisión llevas más de tres meses dando vueltas?

Hay una escena en The Dark Knight Rises, la tercera película de Nolan, que llevo años usando con mis clientes y que casi siempre escuece.

Bruce Wayne está atrapado en un pozo. Para salir tiene que escalar una pared imposible y dar un salto al vacío. Los presos que llevan décadas en ese mismo pozo lo han intentado todo, lo han intentado con cuerda, y nadie lo ha conseguido.

Bruce decide hacerlo igual. Se ata la cuerda, escala, salta, falla. Vuelve. Se ata la cuerda otra vez, escala, salta, falla. Vuelve. Cuando ya parece que se ha rendido, un viejo le dice algo que no le gusta oír: «La cuerda es lo que te impide saltar de verdad. Quita la cuerda.» Bruce lo hace. Sin cuerda. Y salta.

Te lo cuento porque cada cierto tiempo me siento con directivos que llevan meses, a veces años, dándole vueltas a la misma decisión. Una operación corporativa que no acaban de firmar. Una persona del equipo que no acaban de mover. Una salida que no acaban de plantear. Una conversación que no acaban de tener.

Y todos, sin excepción, hacen lo mismo. Piden un dato más. Piden una opinión más. Sustituyen la decisión por una iniciativa táctica adyacente: una reunión, un consultor, un benchmark, una métrica nueva, un think-tank interno. Cualquier cosa que les permita sentirse activos sin tener que saltar.

Yo lo entiendo. La cuerda da seguridad. La cuerda te dice que, si fallas, te recoge. La cuerda te dice que aún no el es momento, que primero hay que validar. La cuerda es el contrato implícito con tu comité, con el accionista, con la familia, con tu propia carrera: mientras tenga cuerda, no me la juego del todo.

El problema es que la mayoría de las decisiones que de verdad cambian un negocio o una vida no se pueden tomar con cuerda. La cuerda, en esos momentos, no te salva. Te impide saltar.

Vernon Howard lo formula al revés y con la misma fuerza: «Si tomas el camino fácil, perpetúas el camino difícil. Si tomas el camino difícil, eventualmente llegas al camino fácil.» La enseñanza es clara: cada vez que aplazas la decisión incómoda, alargas el calvario que has estado intentando evitar. Cada vez que la pospones, la haces más cara.

Hay otra escena que me viene siempre con aquella: el salto de fe de Indiana Jones en La última cruzada. Indy está al borde de un precipicio y el manuscrito le pide dar un paso al aire. Solo cuando da el paso aparece el puente, que estaba pintado para no verse. El paso primero. El puente después.

Nunca al revés.

¿Qué cuerda tienes tú ahora mismo?

Quizá es esa operación en la que llevas meses pidiendo «más due diligence», cuando lo que ya tienes sobre la mesa es suficiente para decidir.

Quizá es ese directivo al que llevas un año diciéndote que vas a «esperar a ver cómo evoluciona», cuando lo que ya viste hace seis meses te bastaba.

Quizá es esa conversación que llevas tres años posponiendo con tu socio, con tu sucesor, con tu hijo, con tu pareja.

Quizá es ese cambio de vida que tu cuerpo ya te está pidiendo y al que tu agenda sigue diciendo «todavía no».

No te digo que cortes la cuerda hoy. Te digo que la mires. Que la nombres. Que dejes de fingir que es seguridad cuando, en realidad, es el mecanismo más sofisticado de evasión que ha inventado tu cabeza.

La regla práctica que uso con quienes acabo viendo algo así es brutalmente sencilla. Cuando la decisión grande lleva más de tres meses dando vueltas, ya no es problema de información. Es problema de saltar. Más datos no van a aparecer. Más opiniones tampoco. Lo que falta no es análisis. Lo que falta eres tú.

Saltar es solitario. Por eso a veces ayuda pensar la decisión en voz alta con alguien que esté fuera del sistema: que no dependa de ti, que no cobre del resultado, que no tenga que validar tu plan ante un comité ni protegerte la reputación. Alguien que pueda decirte, sin coste para él, «la cuerda que llevas atada es lo que te está impidiendo saltar».

Para esas conversaciones existe Consilium. Una hora y media cara a cara, en mi despacho de Campello si quieres, con la decisión que llevas meses sin tomar. Después de eso, la decisión sigue siendo tuya. Pero sales sabiendo cuál es.

Quizá tu cuerda no te está protegiendo. Quizá te está impidiendo sentir el miedo que necesitas para saltar de verdad.

Cuídate, P.


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