Las heridas que no ves

Tu padre te enseñó que los hombres no lloran. Tu madre estuvo siempre demasiado ocupada. Ambos estuvieron ausentes de formas que aún hoy no sabes nombrar.

Eso no tiene nada que ver con tu liderazgo, ¿verdad?

Claro que no. Excepto que todo tiene que ver.

Llevo casi veinte años viendo CEOs que lideran desde un lugar que no entienden.

Hombres que exigen cordialidad en sus equipos porque en su casa aprendieron que el conflicto no se resuelve, sino que se apacigua. Mujeres que llevan una carga de responsabilidad imposible porque en algún momento aprendieron que, si no controlan todo, todo se cae. Directivos que no pueden tolerar el error porque en su propia historia, el error fue imperdonable.

No es que no sepan liderar. Lo que pasa es que lideran con las heridas.

Esa necesidad obsesiva de tener razón en cada conversación. Viene de algún lado. Ese miedo a desaparecer si alguien más brilla. También viene de algún lado. Esa incapacidad de estar en silencio, esa necesidad de llenar cada espacio vacío con palabras, con proyectos, con movimiento. Viene de alguien que te enseñó que la quietud es peligro.

La mayoría de los CEOs que conozco no tiene ni idea de cómo sus padres están presentes con ellos en la oficina, en sus reuniones. Cómo la voz de su madre les grita en la cabeza cuando tienen que tomar una decisión difícil. Cómo la ausencia de su padre se convierte en una obsesión por no estar ausente nunca, ni un minuto, de nada.

Y lo peor es que funciona. Durante un tiempo, funciona. Las heridas te hacen eficiente. Te hacen fuerte. Te hacen capaz de cosas que otros no se atreven.

Pero también te hacen sordo. Incapaz de escuchar lo que tu equipo intenta decirte. Te hacen construir imperios donde no hay espacio para la fragilidad, la duda, el cambio real.

Conozco a un CEO que no puede delegar porque aprendió de su padre que los demás siempre te decepcionan. Conozco a otro que castiga el fracaso porque fracasar fue lo único que su madre nunca le perdonó. Conozco a una directiva que vive en modo de supervivencia porque en su familia, bajar la guardia significaba peligro.

No son malos líderes. Son líderes que lideran desde una historia que terminó hace treinta años.

Y lo interesante es que cuando alguien reconoce eso, cuando de verdad lo ve, algo cambia. No en una semana. No en un mes. Pero cambia. Se deja de culpar al equipo por no ser lo suficientemente… pon tú el adjetivo que desees.

Se deja de castigar la vulnerabilidad. Se deja de exigir perfección como si la perfección fuera posible.

Porque se entiende, quizá por primera vez, que lo que uno exige en otros es lo que nunca se perdonó en sí mismo.

En CHIEF trabajamos exactamente eso.

Ojo, no es terapia. Menos aún psicoanálisis. Pero es el espacio donde reconoces y entiendes, al fin, que tu liderazgo no nace solo de lo que aprendiste en el MBA, sino de lo que viviste en la casa en la que creciste.

Y desde ahí, desde ese reconocimiento sin dramatismo, empiezas a liderar de otro modo.

No porque dejes de ser quien eres. Sino porque por primera vez, tienes la opción de elegir.

Cuídate, P.


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