La escalera y la pared
Subiste muy rápido. ¿Adónde exactamente?
Puedes ser muy inteligente y aun así estar viviendo una vida que no has elegido.
De hecho, cuanto más inteligente eres, más fácil es que te ocurra.
Porque la inteligencia te ayuda a avanzar, optimizar, resolver, convencer, escalar, ganar.
Pero no necesariamente te enseña a detenerte.
Hace dos semanas, Shane Parrish dejó una frase en su newsletter Brain Food que me dejó reflexionando:
«Si la inteligencia es conseguir lo que quieres, la sabiduría es preguntarte si lo que persigues vale la pena.» La copié en mi cuaderno de notas y volví a ella varias veces durante la semana.
Porque apunta a una diferencia que veo cada vez más en los CEOs con los que trabajo.
Una cosa es saber moverse dentro de un sistema. Otra muy distinta es saber si el sistema en el que te mueves merece tus mejores años.
A los CEOs se les entrena para la inteligencia. La inteligencia se mide. Da bonus. Da titulares. Da consejos de administración. Da tranquilidad a los accionistas. Da sensación de control.
La inteligencia es el motor que te lleva arriba.
Pero lo que casi nadie entrena es la otra pieza. La sabiduría.
La sabiduría no es saber más.
Es la disciplina de pararte a preguntarte si lo que estás persiguiendo es lo que realmente quieres, o lo que aprendiste a querer porque tu sector, tu familia, tu padre, tu pareja, tu primera empresa o tu sentido del deber te enseñaron que era lo respetable o lo deseable.
Esa pregunta no se hace en una hoja de cálculo.
Y por eso, normalmente, no se hace.
He conocido muchos directivos que han construido carreras impecables.
Empresas grandes. Equipos premiados. Salarios que no necesitan revisión.
Agendas imposibles. Vidas que, desde fuera, parecen exactamente lo que se supone que había que conseguir.
Y al cabo de veinticinco minutos de conversación, los más honestos me han dicho la misma frase, con palabras distintas:
Pablo, no sé muy bien para qué.
No es vacío existencial barato, de libro facilón de autoayuda.
Es algo más concreto.
Es haber subido una escalera muy alta sin haberse parado, ni una sola vez en treinta años, a comprobar si la escalera estaba apoyada en la pared correcta.
La inteligencia sube la escalera.
La sabiduría te pregunta por la pared.
Y aquí está la trampa sutil.
Cuanto más inteligente eres, más rápido subes.
Y cuanto más rápido subes, menos te paras.
Y cuanto menos te paras, más invertido estás en demostrarte que la pared era la correcta.
Aunque ya no lo sea.
Hace unos meses estuve en un proceso largo con un líder de una empresa familiar industrial española.
Sesenta años. Una empresa que ha sostenido a tres generaciones. Una vida resuelta. Buen tipo. Criterio sólido. Equipo querido.
En la segunda sesión le pregunté: Esto que llevas haciendo treinta años, ¿lo elegiste tú o lo eligió tu padre, tu madre, tu historia familiar o tu sentido de la obligación?
Silencio largo.
Era un hombre brillante, y lo había sido durante tres décadas. Pero la sabiduría no la había entrenado nunca.
Lo que él llamaba «responsabilidad» era, en gran parte, la incapacidad de hacerse esa pregunta sin que se le derrumbara la identidad encima.
Y este es el punto delicado. A veces no seguimos adelante porque tengamos claro el destino.
Seguimos adelante porque parar nos obligaría a reconocer que quizá llevamos años siendo fieles a una vida que ya no es del todo nuestra.
Te dejo tres preguntas. No para que las contestes hoy que es domingo.
Sino para que vivas con ellas durante esta próxima semana.
¿Lo que persigues ahora mismo es algo que elegiste de adulto, o algo que aprendiste a querer antes de saber que estabas aprendiendo?
¿Qué parte de tu éxito actual exige que sigas representando una versión de ti que ya no quieres sostener?
¿Qué estás tolerando en tu vida porque te parece el precio inevitable de haber llegado hasta aquí?
La sabiduría no es un don con el que naces.
Es una pausa que se entrena, una mirada que se afina, una presencia que se cultiva.
En el Programa CHIEF trabajamos justo eso.
No para que dejes de ser inteligente.
Sino para que la inteligencia que tienes la pongas al servicio de algo que de verdad valga la pena.
Porque al final de tu carrera lo que realmente te vas a preguntar es si la escalera, durante todos esos años, estuvo apoyada en la pared correcta.
Cuídate, P.
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