La calma como modo de no sentir

Cuando el desapego se convierte en excusa.

Pero ¿cuántos líderes confunden esa paz con una forma de anestesia?

No porque estén bien, sino porque aprendieron a dejar de sentir.

Y se dicen que eso es equilibrio…

cuando en realidad es otra forma de defensa.

Este correo es delicado.

Porque lo que voy a contarte no es una disfunción evidente, sino una trampa sutil.

Una que incluso se viste de sabiduría.

En los últimos años, muchos líderes han hecho un viaje hacia dentro.

Han leído, meditado, respirado, trabajado su ego.

Han explorado el estoicismo, la atención plena, la serenidad.

Y eso está bien. De hecho, está muy bien.

Pero algunos se han quedado atrapados en el camino.

Por mi posicionamiento público cercano al estoicismo, me llegan directivos que se mueven en ese punto exacto:

creen que han alcanzado la calma, pero en realidad se han desconectado.

Han confundido paz con distancia, ecuanimidad con apatía, claridad con frialdad.

Es lo que llamo el desapego espiritualizado:

una versión moderna del control emocional disfrazada de serenidad.

Ya no discutes.

No te enfadas.

No te entusiasmas demasiado.

Nada te afecta demasiado.

Y lo llamas equilibrio.

Pero lo que realmente pasa es que te has anestesiado.

Después de tantos años de estrés, de crisis, de exigencia, encontraste un modo de no volver a sufrir.

Y ese modo fue dejar de sentir del todo.

Funciona.

Te mantiene sereno, predecible, en control.

Y desde fuera parece admirable.

Pero hay un precio:

esa calma también te desconecta de la alegría, del deseo, de la pasión.

Tu equipo lo nota.

No ven sabiduría.

Ven neutralidad.

Y una neutralidad constante enfría cualquier propósito.

Porque el liderazgo no necesita más serenidad.

Necesita presencia emocional.

El desapego, cuando se exagera, es solo otra forma de huir.

La pregunta es:

¿qué sentirías si dejaras de controlar tanto lo que sientes?

En el Programa CHIEF no te enseñamos a eliminar emociones.

Te entrenamos para sostenerlas.

Para que puedas seguir liderando con claridad, pero también con alma y corazón.

Porque el liderazgo sin emoción puede ser correcto, pero nunca es transformador.

Y en un momento del año que invita a cerrar, quizá lo más valiente no sea dar por terminado un ciclo…

sino abrirte un poco más.

Aunque sea solo por dentro.

Cuídate, P.


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