Eres el último en enterarte
Esta semana he estado sentado frente a un directivo que se puntúa a sí mismo como un líder mediocre. Casi malo. Cuando mira su propio reflejo profesional, lo que ve es alguien que no llega, que podría hacer más, que no está a la altura.
Sus evaluadores dicen lo contrario.
No uno. No dos. Once personas que trabajan con él, que le ven tomar decisiones, que observan cómo se comporta bajo presión. Once personas que dicen: este tío es bueno. Es decidido, tiene visión, genera confianza, da espacio.
Y él no se lo cree.
Esto no es una anécdota. Lo veo constantemente. CEOs que llevan años liderando organizaciones complejas, tomando decisiones que afectan a cientos de personas, sosteniendo una presión que muy pocos entienden. Y por dentro, una voz que repite: no es suficiente. Podrías hacerlo mejor. Alguien se va a dar cuenta de que no eres tan bueno como pareces.
Esa voz tiene un origen. Siempre lo tiene. A veces es un padre exigente que nunca dijo «bien hecho». A veces es un jefe o una empresa que te enseñó que el único resultado valido es el excepcional. A veces es simplemente que llevas tanto tiempo rodeado de presión que ya no sabes medir tu valor sin ella.
Pero el resultado es el mismo: eres el último en enterarte de lo bueno que eres.
Y eso tiene consecuencias. No solo para ti. Para tu equipo.
Porque cuando un líder no se ve a sí mismo con claridad, tampoco ve con claridad a los demás. Si no confías en tu propio impacto, difícilmente vas a invertir tiempo en desarrollar el de otros. Si te exiges con una vara que nadie más usa, acabas midiendo a tu equipo con esa misma vara. Y ellos lo notan. No te lo dicen. Pero lo notan.
La semana pasada te hablé de las heridas que no ves. Hoy te hablo de la herida que está más a la vista y que, paradójicamente, es la que menos ves: la que te impide reconocer que ya eres el líder que necesitas ser.
No te estoy diciendo que no haya cosas que mejorar. Las hay. Siempre las habrá.
Pero hay una diferencia enorme entre mejorar desde la conciencia de lo que ya funciona y mejorar desde la convicción de que nunca es bastante.
La primera te hace crecer. La segunda te devora.
En CHIEF no trabajamos para que te conviertas en otro líder. Trabajamos para que te veas con la misma claridad con la que te ven los que te rodean. Y desde ahí, con esa base sólida, decidir qué quieres cambiar. No desde el miedo. Desde la verdad.
Porque la verdad, muchas veces, es que ya eres mejor de lo que crees. Y cuando por fin lo aceptas, algo cambia. No solo en ti. En toda la organización.
Cuídate, P.
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