El sacrificio no es una medalla
Tres años sin vacaciones. Y lo dice con orgullo.
Me lo dijo sin pudor. Con la sonrisa de quien ha ganado una batalla. «Llevo tres años sin tomarme un día de vacaciones, Pablo. Tres años». Como si fuera un trofeo colgado del cuello. Como si hubiera cruzado un desierto en bicicleta.
Lo que ese CEO no veía, y lo que quizá tú tampoco ves, es que esa frase no es prueba de compromiso. Es prueba de que algo se ha roto.
Séneca tenía algo que decirnos sobre esto. Escribió hace casi dos mil años, pero sus palabras siguen siendo un espejo brutal para cualquiera que crea que el sacrificio es virtud. El estoico no huye del trabajo. El estoico tampoco se aferra a él como si fuera lo único que lo mantiene vivo. Hay una diferencia.
Una diferencia fundamental.
Cuando un CEO no puede tomarse vacaciones, no porque la empresa lo exija, sino porque ya no sabe quién es sin el trabajo, eso no es liderazgo. Es una prisión que se ha convertido en identidad. Y lo peor es que ha empezado a brillar bajo las luces de la ambición.
Conozco a muchos CEOs que desde fuera parecen libres. Con el despacho amplio y caoba, el poder de decisión, los números que validan. Pero ¿por dentro? Por dentro con frecuencia atrapados por algo más sutil que el miedo.
Atrapados por la creencia de que dejar de trabajar, aunque sea una semana, es traición. Es debilidad. Es abandonar la guardia.
Y así construyen su tren de vida. Altos ingresos irrenunciables. Expectativas que se alimentan de ellos. Una burbuja donde todo el mundo espera disponibilidad. Siempre. En cualquier momento. Sin descanso.
Pero lo cierto es que ese CEO que no se toma vacaciones desde hace tres años no está siendo virtuoso. Es un esclavo. Esclavo de una narrativa que ha aprendido a confundir sacrificio con propósito. Y eso, es exactamente lo opuesto al liderazgo.
El liderazgo requiere distancia. Requiere que salgas de la rueda lo suficiente como para verla. Requiere que reconectes con quién eres cuando no tienes el rol protegiéndote. Porque ese es el verdadero test. Si necesitas el trabajo para saber quién eres, entonces el trabajo no te sirve a ti. Tú sirves al trabajo.
Tres años sin vacaciones. Lo dije con admiración una vez. Ahora lo veo como lo que es: una cicatriz. Un síntoma de que algo fundamental está roto en tu sistema de valores. No en tu disciplina. En tus valores.
En CHIEF trabajamos exactamente eso.
No para hacerte más productivo. No para que puedas exprimir más horas de tu día. Es para que reconectes con la pregunta que casi nunca te haces: ¿Para qué trabajo? ¿Para qué renuncias? (todos renunciamos a algo) ¿A quién le estoy rindiendo cuentas? ¿A ti mismo o a una versión de ti que nunca existió?
Porque cuando dejas que el trabajo sea tu identidad, cuando el sacrificio se convierte en tu medalla de honor, lo que realmente estás haciendo es renunciar a la posibilidad de liderazgo auténtica.
Liderar desde la culpa o la dependencia no es liderazgo. Eso no es nobleza. Eso es servidumbre con buena nómina.
Cuídate, P.
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