El poder y la fontanera

Lecciones para el CEO

¿Qué tienen en común el escándalo de la «fontanera» del PSOE con los casos de corrupción de otros partidos políticos como el PP?

Que en todos hay un líder al que le pierde la hibris.

Ese exceso de confianza, esa arrogancia sutil pero letal, ese pensamiento de:

“A mí no me va a pasar”. Esa sensación de infalibilidad, de impunidad, de estar por encima de cualquier tipo de control o rendición de cuentas. Como si las reglas fueran para otros. Como si el poder diera carta blanca.

Le pasó a Aznar. En 2003, mientras millones de españoles protestaban contra la guerra de Irak, él decidió subirse a un avión rumbo a las Azores. Allí, junto a Bush y Blair, respaldó una invasión impopular que marcó un antes y un después. Estaba convencido de tener razón. Hoy, incluso entre los suyos, pocos defienden esa decisión. Pero entonces, la hibris lo cegó.

Le pasó a Felipe González. Amén de otros graves escándalos, negó su implicación en los GAL, pero varios altos cargos de su gobierno fueron condenados por crear un grupo parapolicial para combatir a ETA. Otro ejemplo de cómo el poder, cuando no se revisa, abre la puerta a decisiones moralmente insostenibles.

Y lo veo a diario en CEOs como tú. No necesitas cometer errores escandalosos para empezar a desviarte. Basta con que empieces a filtrar solo las opiniones que confirman las tuyas. O que te rodees de personas demasiado alineadas contigo. O que priorices resultados a corto plazo por encima de conversaciones incómodas pero necesarias. Así empieza la desconexión. Así empieza la hibris.

Ningún líder está a salvo. Ningún ser humano lo está. De hecho, cuanto más alto se llega, más peligroso es el autoengaño. Porque menos personas se atreven a decirte la verdad. Porque más difícil se vuelve reconocer tu propia sombra. Porque los resultados pueden seguir acompañándote… hasta que dejan de hacerlo.

Tres remedios contra la hibris Fomenta el feedback abierto. Si en tu equipo hay silencio, lo más probable es que haya miedo. Y donde hay miedo, no hay confianza ni verdad. Los líderes que cultivan una cultura de feedback, aunque duela, abren la puerta a lo que más necesitan: honestidad. No siempre es cómoda, pero es lo único que te permite tomar buenas decisiones.

Revisa tu liderazgo con regularidad. Una práctica simple pero poderosa: llevar un diario de liderazgo. No es solo anotar decisiones o resultados. Es escribir desde la honestidad total: qué te salió bien, qué evitaste enfrentar, en qué te engañaste. Y hacerlo no para uno mismo, sino para revisarlo con un coach o mentor que te desafíe y te apoye. Ese espejo externo y ese hábito interno juntos son una vacuna contra la ceguera del éxito.

Lidera desde el servicio. Como dice Simon Sinek, los verdaderos líderes comen al final. Liderar desde el servicio es poner primero las necesidades del equipo. Es estar disponible, escuchar con apertura, crear seguridad, ayudar a otros a crecer. El liderazgo al servicio no es una estrategia “soft”; es una disciplina firme: la de no ponerte en el centro.

¿Y tú? ¿Qué haces para mantener tu lucidez? La hibris nunca grita. Susurra. Y cuando te das cuenta, ya es tarde.

Cuídate, P.


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