El Comité (1): Lo no dicho
Empieza el folletín. Catorce minutos de audio (o léelo aquí abajo).
Aquí tienes la primera entrega. Puedes escucharla en catorce minutos o leerla completa a continuación.
Este año no paramos la newsletter en agosto. En agosto la gente está menos saturada de inputs y quizá agradece algo distinto. Así que el formato cambia: cinco sábados, cinco entregas. Folletín de verano, como en los periódicos de antes.
Lo que viene es ficción. La empresa es inventada, los personajes también. Lo que sí es real es el oficio: casi tres décadas acompañando comités de dirección. He recogido lo que he visto y lo he disfrazado lo suficiente para que sirva a otros y no avergüence a nadie. Si te reconoces, quizá no sea casualidad.
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Cuando llegué al hotel era casi de noche y aún seguía lloviendo. La carretera desde el pueblo hasta el caserío rehabilitado son cuarenta minutos de curvas; cuarenta minutos para repasar mentalmente cómo vas a empezar, en qué orden vas a abrir los temas, qué dirás si Marisa salta o si Adrián se cierra. Y cuarenta minutos para tirar todo eso por la ventana en el último kilómetro, porque el comité que te vas a encontrar dentro nunca es el comité que has imaginado en el viaje.
Adrián ya estaba en la cafetería del hotel cuando entré. Solo, con un té que no se estaba bebiendo, mirando el móvil. Me vio, se levantó, me dio un apretón firme y dijo: gracias por venir. Como si yo fuese a hacer un favor y no a hacer el trabajo acordado. Era la quinta vez que estábamos a solas en seis meses y la quinta vez que percibía esa cortesía suya, escrupulosa, distante, que es a la vez una forma de respeto y de defensa.
Le pregunté cómo estaba. Me contestó que bien, que el viaje había sido tranquilo, que el resto del equipo llegaría en la próxima hora. Le pregunté cómo estaba él. Me miró un segundo más de lo normal y dijo: yo soy un técnico, ya lo sabes. Sonrió. Yo no sonreí. Apunté mentalmente que esa era la primera frase del off-site y que iba a volver al menos dos veces más a lo largo de los dos días.
Lo entendí meses después, al volver sobre mis notas. Aquella noche de febrero ya estaba casi todo delante de mí: en el té que Adrián no se bebía, en su cortesía impecable, en la forma en que evitaba decir cómo estaba de verdad. Entonces no lo vi con claridad. Pero estaba.
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Llegaron en dos coches, una hora después que yo. Era miércoles.
En el primero, Marisa, Pilar y Lucas. Marisa entró riéndose por algo que había dicho Lucas en el aparcamiento, una risa amplia, de las suyas, esa que sólo le sale cuando está rodeada de gente con la que comparte muchos años. Pilar entró detrás, sin levantar la voz, saludando uno por uno al personal del hotel. No miraba el sitio como quien llega a trabajar, sino como quien reconoce una casa donde ya ha pasado algo. Los demás entraban a intervenir en el futuro de la empresa; Pilar entraba también a recordar. Lucas el último, con un abrigo demasiado urbano para el Cantábrico de finales de febrero y un café para llevar comprado en la última gasolinera, porque el del hotel no se lo bebe nadie.
En el segundo, Bea y Andrés. Bea cruzó la puerta hablando por teléfono, terminó la llamada en el hall y soltó: perdón, era la planta de Marruecos, ya está. Andrés entró detrás, con maletín, sin teléfono visible, saludando con la cabeza.
Los seis. Veinticinco años en la casa la financiera; dieciocho meses el director general. Entre medias, el de marketing que inventó la línea premium con el fundador, la hija del pueblo que lleva a las personas, la de operaciones que vino con el plan, y el de sistemas, que llegó sin hacer ruido y así sigue.
Y yo, el coach, que llevaba seis meses leyéndoles a través de un 360 de liderazgo con todo el equipo y de dos rondas individuales y de un acta de consejo y de las conversaciones inevitables en pasillo. Y aún así, viéndolos entrar juntos por primera vez, me di cuenta de que no había visto nada.
Cenamos en una mesa larga, frente a la chimenea. Lucas pidió vino de la zona y empezó a explicar por qué. Marisa le pidió que dejase de hacerse el sumiller. Bea, sin levantar la vista de la carta, dijo que si el vino llevaba más de un minuto de discurso ella pedía agua del grifo. Marisa se rio con ella, y no era la risa del aparcamiento. Pilar pidió la carta de postres antes de la cena, Andrés no pidió nada y aceptó lo que pidió Lucas. Adrián, sentado a mi derecha, pidió lo mismo que yo. No miró la carta.
En el café, cuando ya íbamos a recogernos, Marisa contó una anécdota de Tomás. Algo de un viaje a Hamburgo en 2003. El cliente alemán les había invitado a un restaurante de marisco donde, como entrante, servían una tabla de conservas internacionales de tres marcas. Tomás, que viajaba siempre con muestras en la maleta para casos así, había subido a la habitación entre el aperitivo y el primer plato y había vuelto con tres latas suyas. Al final de la cena las abrió encima del mantel y le dijo al cliente: ahora probamos las mías. El cliente firmó el contrato a la mañana siguiente. Todos rieron. Adrián también. Un poco tarde.
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El jueves por la mañana empezamos en serio.
Llevaba preparado un ejercicio que llamo, por simplificar, la línea del tiempo de la casa. No es ningún hallazgo metodológico, es uno de los más viejos del oficio. Pides al equipo que dibuje en un papelógrafo enorme la historia de la empresa desde su fundación hasta hoy, con los hitos que cada uno recuerde y, sobre todo, con los que cada uno haya vivido. Cada miembro pinta el suyo. Luego se mira el conjunto.
Marisa fue la primera. Cogió un rotulador negro y, sin pedir permiso, escribió 1962 en el extremo izquierdo del papel. La fundación. El abuelo. La primera fábrica. Habló casi diez minutos seguidos, sin notas, con la voz tranquila de quien ha contado esa historia muchas veces y sabe que estaría dispuesta a contarla muchas más. Apuntó la entrada de Tomás en los ochenta, la apertura de Galicia, el primer cliente internacional, la profesionalización de los noventa. Apuntó su propia llegada, en 2001, sin detenerse en ello. Apuntó el lanzamiento de la línea premium, en 2020, y al pronunciar premium miró a Lucas. Apuntó la entrada del fondo, en 2023, y al pronunciar fondo no miró a nadie. Apuntó la retirada de Tomás, en noviembre de 2024.
Y se calló.
Pilar fue la segunda. Añadió hitos pequeños. El primer convenio colectivo profesionalizado. El plan de igualdad. La jubilación del maestro conservero que llevaba cuarenta años en la fábrica del pueblo. Lucas añadió la entrada de la marca en El Corte Inglés Gourmet, el premio de Anuga, el rediseño del packaging. Bea añadió la apertura de la planta de Marruecos y la integración del ERP. Andrés añadió tres fechas más concretas, todas tecnológicas, todas posteriores a 2019. Adrián, al final, escribió una sola fecha. Marzo 2025. Su llegada. No añadió nada más.
Pedí una pausa para café. Pedí también que nos quedáramos mirando el papel un par de minutos en silencio, sin hablar, antes de comentar.
Estaba todo ahí. Pero no estaba.
Estaba la historia de la casa según Marisa, que era también la historia oficial. Estaba el detalle humano que aportó Pilar. Estaba la obra de Lucas. Estaba la transformación reciente que aportaron Bea y Andrés. Y al final del papel, en el extremo derecho, casi pegado al margen, una sola fecha negra, escrita por Adrián con letra muy pequeña: Marzo 2025.
La firma de un testigo, no de un autor.
Lo que faltaba no se podía pintar. Faltaba quién no estaba. El nombre de Tomás aparecía cuatro veces, escrito por Marisa, por Pilar, por Lucas. Adrián no había escrito el nombre de Tomás. Adrián no había escrito fondo. Adrián no había escrito retirada. Adrián había escrito su propia llegada. Sola. En la esquina.
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Si lo nombras tú, lo cierras antes de tiempo. Si pides al equipo que lo nombre, alguien romperá un equilibrio que no estaba listo. La técnica es no hacer nada y dejar el papel ahí, mirando.
Lo dejé ahí.
Comimos en la sala de al lado, con el papel todavía pegado a la pared. Se hablaba de otra cosa, de la cena de la noche anterior, de la planta de Marruecos, de un proveedor de cristal que les ha subido el precio un dieciocho por ciento. Bea sacó dos veces el dato exacto del margen impactado. Marisa hizo el cálculo de memoria. Lucas dijo algo de que bueno, también podríamos no hacer nada y seguir vendiendo, como siempre, ¿eh?. Pilar sonrió. Adrián escuchó. Andrés escuchó.
Por la tarde volvimos a la sala. El papel seguía ahí. Pedí que cada uno dijera, en una frase, qué echaba en falta en esa línea del tiempo.
Bea: un par de hitos operativos más.
Pilar: las jubilaciones de la fábrica del pueblo, hay más que la de don Antonio.
Lucas: la noche del lanzamiento de la línea premium. Tendrías que haber visto a Tomás esa noche.
Andrés: no echo nada en falta, está bien.
Fue la respuesta que más me extrañó de la tarde. No dije nada.
Marisa: no sé. Falta algo. No sabría decir qué. Y se quedó mirando el papel.
Pilar empezó a decir que a ver si entre todos lo podían hablar. Marisa la paró con la mano, sin mirarla. No, si no es eso.
Adrián: yo no puedo echar nada en falta, es vuestra historia.
Hubo un silencio. No fui yo quien lo prolongó. Lo prolongaron ellos. Lucas, que normalmente habría soltado una broma para cortarlo, no la soltó. Marisa cerró los ojos un segundo. Pilar tomó una nota a mano en su libreta roja. Bea miró la hora.
Cada uno sabía qué faltaba. No los nombres, que estaban escritos; faltaba lo que esos nombres no decían: cuánto pesaba todavía la sombra de Tomás, cómo impactaba de verdad el fondo, y el lugar de Adrián en una historia en la que se había puesto a sí mismo, sólo una fecha y en una esquina. Ninguno lo nombró. Y el director general, que era el que más necesitaba que se nombrara, formuló su silencio como una cortesía: es vuestra historia.
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La cena del jueves fue más corta. Yo me retiré después del postre porque sabía que necesitaban estar entre ellos, sin el coach delante. Subí a la habitación. Desde la ventana se veía la curva del río y al fondo, muy lejos, una luz que podía ser un faro o una farola.
A la mañana siguiente, antes del último bloque, Lucas me buscó en el desayuno. Llevaba el café en la mano, el habitual. Se sentó enfrente sin preguntar. Estuvo callado treinta segundos. Luego dijo: Tomás, este off-site, lo habría disfrutado.
No añadí nada. Lucas tampoco. Se levantó, se fue a la mesa donde estaban Marisa y Pilar.
El último bloque del viernes fue de cierre. Compromisos, plan de seguimiento, fecha del siguiente. Salieron contentos. Adrián me dio la mano con el apretón firme habitual. Gracias, ha estado bien. El equipo lo ha valorado mucho. Sonreía. Marisa me besó en las dos mejillas como quien despide a un familiar. Pilar me pidió un par de minutos a solas la siguiente semana, sin decir para qué. Bea me preguntó si podíamos cerrar fechas para nuestra próxima sesión ya, en su agenda, antes de subir al coche. Andrés me dio la mano con una presión breve, exacta, sin comentario.
Yo me quedé en el hotel media hora más, recogiendo el papelógrafo enrollado debajo del brazo, mirando la sala vacía.
Habían sido dos días buenos. Habían pasado las cosas que tenían que pasar. El comité se iba con la sensación de haber trabajado. Y aún así, mientras enrollaba el papel y veía cómo en la esquina derecha la fecha Marzo 2025 se quedaba sola, supe que el verdadero comité no había aparecido todavía.
Ahora, cuando escribo esto, sé que ese off-site no era de diagnóstico. Era de retrato. El comité me había permitido verlos. Me había permitido ver, sobre todo, lo que no se atrevían a decirse entre ellos. Es lo que pasa en los comités que llevan tiempo a solas: lo no dicho se vuelve mobiliario.
El siguiente paso era empujar el mobiliario.
Eso pasó en abril.
(Continuará la semana que viene.)
Cuídate,
Pablo
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