Cuando la opcionalidad te mata

La estrategia es renuncia.

Ayer fue Santiago. Patrón de España, apóstol, peregrino. El día del año en el que media España piensa, aunque sea por un rato, en el Camino.

Y el Camino, si te paras a mirarlo, es exactamente lo contrario de lo que el primer ejecutivo suele hacer con su agenda en estas fechas.

El Camino es renuncia. No es ampliar opciones. Es reducirlas hasta que solo queda una dirección y una mochila lo más ligera posible.

Mira ahora tu agenda de septiembre.

No la de esta semana. Ya. Abre el calendario. Mira las primeras dos semanas del próximo curso.

Si eres como la mayoría de los CEOs con los que trabajo, ahí encontrarás más o menos esto. Tres consejos donde te has metido en el último año. Dos board observer que dijiste que harías. Un proyecto de inversión angel que está esperando a que firmes. Un programa formativo al que te apuntaste en febrero pensando que en septiembre tendrías más cabeza. Un libro que prometiste leer. Una conversación con un amigo a la que llevas posponiendo la respuesta.

Cada cosa, por separado, tiene sentido. Tú las dijiste sí en su momento por una buena razón.

El conjunto, sin embargo, no funciona. El conjunto te asfixia.

Hay una idea de Jordan Peterson que aplica mucho mejor a la sala del comité que a las conferencias en las que se usa. La opcionalidad infinita paraliza. Tener todas las puertas abiertas, todo el rato, no es libertad. Es indecisión disfrazada de prudencia.

Lo veo constantemente.

Un CEO que ha llegado a su puesto por su capacidad de decidir empieza, al cabo de unos años, a no querer decidir casi nada. Porque cada decisión cierra una puerta. Y, sin saber cuándo, ha empezado a tener miedo de cerrar puertas.

Acumula proyectos. Acumula relaciones. Acumula inversiones laterales. Acumula compromisos que no caben en su semana real. Y cuando algo sale mal en alguno, tiene la excusa perfecta: estaba a tope con otras cosas.

La cárcel dorada de la semana pasada y la opcionalidad de hoy son la misma trampa por dos caminos distintos.

La cárcel dorada es no poder elegir. La opcionalidad mata por no querer elegir.

El líder maduro hace algo que cuesta mucho aprender. Cierra puertas. Con elegancia, sin drama, sin escena. Una conversación de quince minutos con quien hace falta, una decisión tomada, y la puerta queda cerrada. La energía que estaba comprometida con esa puerta vuelve al centro.

Esto se aplica a todos los niveles a la vez.

Se aplica a los consejos donde estás y ya no aportas. Se aplica a la inversión que no acabas de cerrar pero que tampoco abandonas. Se aplica al cliente con el que llevas dos años flirteando sin ganar ni perder. Se aplica al directivo de tu comité del que sabes hace meses que no es. Se aplica a la conversación que llevas postergando con tu pareja desde el invierno.

Cada una de esas puertas abiertas te quita una pieza de presencia.

Pregúntale al peregrino que sale de Roncesvalles con quince kilos en la mochila y al que sale con seis. Los dos van al mismo sitio. Uno llega entero. El otro no llega.

Lo que el peregrino aprende caminando, el ejecutivo lo aprende, cuando lo aprende, en julio. Cada cosa que cargas le quita una pieza al paso siguiente.

La pregunta de fin de mes, antes de que agosto te las tape todas:

¿Qué tres cosas vas a soltar antes del 1 de septiembre?

No «voy a hacerlo mejor». No «este año sí lo cierro». No «cuando vuelva de vacaciones lo retomo». Esas tres frases son justamente lo que mantiene la opcionalidad. Lo que cierra una puerta es otra clase de frase:

Le llamo mañana lunes para decirle que no.

Le paso mañana la carta de salida del consejo.

Le confirmo esta semana que a esa inversión no me subo.

La conversación pendiente la tenemos antes del viernes 31.

Cada una de esas frases tiene fecha. Tiene destinatario. Y, sobre todo, se ejecuta antes de irte a la playa. No después.

Porque la decisión que llevas a la playa para «pensarla con calma» casi nunca se toma. Se toma la decisión que ya está cerrada antes de que metas los pies en el agua. Las otras se rumian. Y las rumias arruinan el descanso, además de la decisión.

Hay un dato adulto que conviene recordar.

Tu capital más limitado no es el dinero. Tampoco el tiempo en bruto. Es la atención sostenida durante semanas seguidas sobre una misma cosa.

Cada puerta abierta te quita una rebanada de esa atención.

Cuando, en septiembre, vuelvas a sentarte en la cabecera del comité, vas a dirigir con la atención que te quede. No con la que quisieras tener. Con la que de verdad sobrevive a julio.

Esa cantidad, esa atención disponible, la decides tú esta semana.

Cuídate, P.

P. D. Agosto, por cierto, va a ser distinto. Cinco sábados, una historia en cinco entregas. Se llama El comité. Es ficción. Es ligera. Engañosamente ligera, espero.


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