Cuando dejas de creer

Y ya no te conmueves.

El jueves pasado fue el Día Universal del Niño.

Un día para recordar la fuerza de lo que alguna vez fuimos.

Ilusos, entusiastas, llenos de ganas y energía.

Creíamos que todo era posible.

No porque fuéramos ingenuos, sino porque todavía no habíamos aprendido a protegernos.

Pero crecer, para muchos, significa renunciar a esa parte.

Y disfrazarlo de madurez… o de realismo.

En mi opinión, eso no es más que una forma elegante de protegerse del dolor.

Dejan de ilusionarse con los proyectos nuevos, dejan de entusiasmarse con la gente, dejan de creer que algo puede sorprenderles.

Y lo justifican con un argumento impecable:

“No soy cínico, soy pragmático.”

Pero debajo de ese pragmatismo hay algo más.

Hay cansancio.

Hay desencanto.

Hay una parte de ti que se ha cansado de esperar que las cosas fueran distintas y ha decidido no volverse a ilusionar demasiado.

Eso es el cinismo sofisticado.

Una estrategia para no volver a sentir decepción.

Lo cierto es que esa actitud te da control, te hace parecer sensato, pero también te desconecta de lo que le da sentido a tu trabajo.

Que no es la cuenta de resultados.

Porque ese cinismo es también una muerte lenta del sentido disfrazada de inteligencia.

Funciona muy bien en las salas del comité de dirección, donde lo he vivido una y otra vez.

Te da distancia, te da dominio.

Te hace parecer equilibrado frente al entusiasmo ingenuo de los demás.

Pero a la vez te está robando algo muy valioso.

La capacidad de emocionarte de nuevo.

Y no te pasa porque seas frío; te pasa porque durante años diste demasiado.

Porque viste cómo el esfuerzo no siempre trae reconocimiento.

Cómo el mérito no siempre se traduce en justicia.

Así, sin darte cuenta, pasaste del compromiso al control, del idealismo a la ironía, de la curiosidad al juicio.

Y llega un día en que notas que nada te emociona…

ni siquiera lo que antes te enchufaba.

Las nuevas generaciones lo perciben enseguida.

No ven serenidad en ti.

Ven distancia.

Pero el liderazgo no necesita más control.

Necesita esperanza madura.

Esa que no niega el dolor, pero que tampoco se rinde ante él.

Voy a acabar ya, que esto me está quedando un poco solemne ? Pero antes te dejo con una pregunta: ¿cuándo fue la última vez que algo te conmovió sin que tu mente lo analizara?

En el Programa CHIEF no trabajamos para recuperar la motivación.

Te entrenamos para volver a sentir sin perder claridad.

Para (volver a) dirigir con pasión, no solo con inteligencia.

Porque un líder sin ilusión puede gestionar empresas, pero no corazones.

Tampoco puede transformar; ni empresas ni corazones.

Cuídate, P.


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